lunes, 5 de septiembre de 2016

Normalizar la esclavitud

En los intervalos de descanso de la electrizante novela Pasión por gobernar, que concluye en breve su segunda temporada y parece ser que tiene programada una tercera, los trabajadores podemos escaparnos al llegar a casa de la obnubilación parlamentaria y atender otros menesteres, y de este modo nos encontramos a veces con curiosos titulares como éste que nos regala El País:


Titular y una parte del artículo del 1 de septiembre en El País

No es un titular sarcástico ni va incluido en el suplemento para los altos ejecutivos junto con las recomendaciones de restaurantes con estrella Michelín. Es en serio y va recomendado a todos los lectores, no se refiere al gremio de los panaderos tampoco.
Se explica que es una moda procedente de EE.UU., como es lógico, y que se justifica en la mayor capacidad de ser productivos a horas tempranas. "Tú eres tu hábito, no al revés. No existe tal cosa como la predisposición" nos indican en el texto. Es decir, adapta tu vida a tu razón de ser, que es el trabajo, para ser más productivo para quien justifica tu existencia, que es la empresa.

Observemos este otro titular del suplemento cultural del diario 20 Minutos:

Del suplemento L´officiel, en 20 Minutos


Según este otro estudio, los "millenials" (personas nacidas a partir de los 80), al haberse criado en el entorno de la crisis mundial, se encuentran tan adaptados al contexto de la precariedad laboral que son capaces de sacrificar sus días de vacaciones por mantener sus puestos de trabajo.

Son dos ejemplos aislados de la prensa que podemos leer en estos días, de entre las decenas de artículos, "estudios", comentarios y reportajes que crecen a diario como setas en el campo abonado de un mercado laboral con millones de parados y empleos cada vez más miserables en cuanto a sus condiciones y salarios.

Somos tan mal pensados que nos preguntamos si esta tendencia en los medios (todos, los de la caverna y los progresistas) cumple una siniestra función de apoyo ideológico a los intereses de la Patronal. 

Que levante la mano el lector que alguna vez en los últimos años no haya pronunciado la expresión "somos unos privilegiados por tener trabajo" o "al menos tiene contrato y no se puede quejar". ¿Cómo es posible que hayamos llegado a este punto de sumisión?




Junto con el progresivo abandono de la movilización de la lucha obrera en las calles y el miedo generado gracias a la ley mordaza,  que criminaliza la protesta popular, a través de estos mensajes subliminales de la prensa se cuadra el círculo del sometimiento absoluto de la clase trabajadora frente a los intereses del capital.

El objetivo es el de normalizar lo que hoy han venido a llamar precarización de las condiciones laborales, esto es, el deterioro progresivo de los derechos de los trabajadores. Convertir en habitual, en cotidiano, en costumbre, lo que debería ser motivo de desaprobación, de condena, de respuesta contundente.

Forma parte de el capitalismo la manera de pensar individualista, egoísta, incapaz de razonar de modo solidario. Es por eso que nos quieren hacer creer que es preferible adaptar nuestra vida a un horario de pesadilla o incluso renunciar a los descansos con tal de no ser uno de esos que "sacan los pies del plato" y protestan. Es mucho más moderno y saludable, según ellos, modificar nuestra vida y nuestro pensamiento para someternos de buen grado y participar de la corriente favorable de la mayor productividad, emprendimiento y beneficio para las empresas.



Seamos conscientes de que el fruto de nuestro trabajo no va en nuestro beneficio sino en beneficio de aquellos que controlan las empresas. Nuestro tiempo es limitado, nadie va a devolvernos el tiempo ni el sacrificio que entreguemos voluntariamente a los empresarios, antes bien lo contrario, cada vez perderemos más tiempo libre, más capacidad para conciliar la vida laboral, más derechos educativos, sanitarios, sociales en general.

Seamos productivos, sí, por supuesto, pero produzcamos para nosotros los trabajadores, para el futuro de nuestros hijos y de la comunidad, no vendamos por un miserable salario nuestra vida para enriquecer a unos pocos cuya única capacidad es la de poseer por herencia o por poderío monetario los medios de producción.

Abramos los ojos. Que nunca normalicen la sumisión. Los derechos laborales no se mendigan, se defienden y se conquistan. Que viva siempre la lucha de la clase obrera.





1 comentario:

  1. Los medios de producción son dos: el capital y el trabajo. El trabajo no pertenece al empresario. Hubo un tiempo en que sí lo poseía. A eso se le llamaba esclavitud. El capital también estaba en manos de los empresarios. Eran terratenientes, normalmente por herencia, antes de la Revolución Industrial. Hoy en día pocos empresarios son dueños del capital. Las empresas subsisten a base de créditos y los bancos las tienen en sus manos. Por ello llama la atención el cinismo de Rosell cuando dice que los trabajadores tendrían que ganarse cada día su puesto de trabajo. Sería interesante oir su respuesta si los bancos propusieran lo mismo respecto a la financiación de las empresas. Si las empresas tuvieran que ganarse cada día la renovación de sus préstamos o la aportación de sus inversores cambiaria su punto de vista y su opinión con respecto a quienes les exprimen. Son los bancos (los banqueros) quienes dominan a las empresas, a los partidos políticos, a los gobiernos … y a las familias. A los esclavos les daban la comida y se limitaban a comer. A los trabajadores les dan un sueldo y se compran una tele que cada día les dice todo lo que no tienen y cómo conseguirlo. Y se endeudan con los bancos, hipotecando sus bienes y sus vidas. Y al final todo el mundo está en manos de usureros insaciables. Los gobiernos contraen deudas impagables que serán eternas, los partidos pagan las suyas con favores, los obreros con miedo y con el voto que perpetúa el timo, con sus derechos, con su libertad … Al final otra vez esclavos. Peor que antes, porque ahora cada esclavo se paga su sustento y a muchos no les llega con el sueldo, o no lo tienen. Se ha retrocedido muchos años en derechos laborales y sociales, pero muchos más en mentalidad.

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