El nuevo ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, se ha estrenado con polémica gracias a su peculiar respuesta a una pregunta en la sesión de control del Congreso de ayer, en la que interpelado sobre los miles de españoles que se ven obligados a emigrar en los últimos años, daba la siguiente explicación:
“quienes salen fuera lo que muestran es una inquietud, una amplitud de miras, una adaptabilidad a nuevos horizontes… Ir fuera enriquece, abre la mente, fortalece habilidades sociales”. “Ir fuera no significa rehuir responsabilidades sino adaptarse a un mundo mejor”
Y se quedó tan pancho.
Si observamos los datos que hemos trabajado desde el INE, la inmigración alcanza unas cifras preocupantes, que indican que son cientos de miles los españoles que tienen ese extraño síndrome de pies inquietos, teniendo en cuenta además que las estadísticas recogen a los residentes en España que han variado su situación en el Padrón. Es decir, la cifra es, con toda seguridad, muy superior.
Aún así, al señor ministro no le "parece una tragedia que los jóvenes se vayan al extranjero y se separen de sus familias".
Ante semejante descaro, la oposición responde indignada que el ministro demuestra "falta de sensibilidad e ignorancia absoluta" y en Twitter leemos frases, que suponemos son irónicas, del tipo "no quieren a los españoles".
El colectivo Marea Granate, que se autodefine como un colectivo transnacional y apartidista (granate por el color de los pasaportes), emite como respuesta -publicada en Eldiario.es - que el Ministro "vive en otra realidad" porque cobra el salario de un diputado, que además forma parte de un Gobierno marcado por "los chanchullos, abusos de poder, cajas B y simple y llana corrupción".
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Según Marea Granate, el Gobierno vive en los mundos de Yupi
Es comprensible el enfado de nuestros representantes y de los colectivos sociales ante semejante desvergüenza de un destacado miembro del Ejecutivo. Sin embargo, un análisis más razonado de la situación nos lleva a pensar que, por desgracia, ni el ministro vive en un mundo de luz y de color ni se trata de una cuestión de empatía ni de cariño a sus paisanos. Ni siquiera el problema se basa únicamente en la corrupción.
Cuando el Gobierno se dirige a los ciudadanos con esa prepotencia lo hace viviendo en el mundo real, lo hace con plena conciencia y sabiendo desde qué trinchera habla, porque ellos -al contrario que nosotros, al parecer- son plenamente conscientes de que pertenecen a una clase social diferente a la que pertenecen los demás.
Para la clase social dominante (propietarios de empresas, capitalistas y sus representantes), cuyos ingresos proceden de los intereses de sus posesiones y del trabajo de otros, el resto de mortales compone un conjunto de seres sumisos y maleables, a quienes pueden apretar las tuercas a conveniencia para obtener más beneficio.
A la clase social dominada, los que no poseemos más que nuestra capacidad de trabajo y dependemos de ello para subsistir, no nos queda otra que comprender nuestra situación y organizarnos para tratar de darle la vuelta al mundo en que vivimos y lograr que los medios de producción y empresas pasen a ser controlados por quienes producen el beneficio, esto es, la clase trabajadora.
Así pues ¿quiénes son los que viven en otra realidad?
- ¿Es el Ministro, que se sabe respaldado por el enorme entramado de un Estado represor que actúa como un rodillo?
- ¿Es el colectivo de empresarios, que patrocina a ese Gobierno y vive en la pax romana de una sociedad desclasada y en abandono de sus sindicatos?
- ¿O son los trabajadores, que aceptan sin rechistar cada nueva vuelta de tuerca e incluso se consideran privilegiados por al menos tener trabajo y atribuyen su mala situación a corrupciones puntuales o falta de empatía de los gobernantes?
Piensen.
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